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Luis Baliar da Bigaire
JOSE GASPAR RODRIGUEZ DE FRANCIA
Primer Dictador Perpetuo de Sud Americano
8. El Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, Dictador Perpetuo de la
República del Paraguay - 1816
Aprovechamiento de recursos.
Los primeros actos del doctor Francia como dictador perpetuo fueron encaminados a robustecer la defensa nacional y consistieron principalmente, en acordar grandes facilidades a los comerciantes que desearen introducir armas y municiones, medida tendiente a subsanar la escasez de material de guerra que se dejaba sentir en el Paraguay desde la declaración de independencia. Las dificultades con que tropezaban los mercaderes para aprovisionar al país eran de todo género, debido a que la misma pobreza existía en todo el Río de la Plata y los caudillos de las provincias pretendían adueñarse de los pertrechos que conducían los barcos camino de Asunción. Debido a esto y para que encontraran un aliciente mayor, el doctor Francia, estimuló a los comerciantes permitiéndoles sacar los equivalentes a las armas en oro y plata, cosa prohibida para cualquier importe correspondiente al cobro de otra mercadería extranjera. Sólo permitía el trueque como base de intercambio ; ¿Quién podría creer que con un siglo de antelación a gobernantes actuales, este hombre, practicó la misma política de autarquía e intercambio comercial? El doctor Francia, paulatinamente, pero con criterio definido, incrementó las industrias necesarias para la vida del pueblo; así, en el Paraguay se tejía en grado casi suficiente como para abastecer el consumo interno, exactamente ocurría con un sin fin de pequeñas industrias y en especial con la agricultura que dejó de languidecer para tomar un vuelo enorme. El criterio del dictador sobre toda la población era sin duda bien atrevido; posiblemente comparaba a su país con un gran enjambre de abejas, en el que, – como todos sabemos – los zánganos tienen una vida limitada temporal, el resto de la colmena es siempre productivo; así quería a sus conciudadanos de laboriosos y consecuentes. Es curioso en este sentido insertar un fragmento de una de las muchas notas que con frecuencia hacía llegar a sus autoridades rurales, en este caso, al Celador de la Recoleta en abril de 1819: “.tampoco debe consentir a ociosos, jugadores, vagos, holgazanes, o mal entretenidos, a los cuales hará que se dediquen al trabajo y si amonestados no se enmendasen, mudando de conducta, los aprehenderá y remitirá a esta carcería para que sean castigados y destinados a trabajar con cadena en obras públicas.” Luis Baliar da Bigaire
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Del Clero.
El Obispo García de Panés, se hallaba a la sazón medio demente y sus actos no concordaban en mucho con la posición que ostentaba de jefe de la iglesia; por ello el Dr. Francia lo relevó de su cargo, asignándole una pensión vitalicia para socorrerle en sus necesidades. Para sustituirlo fue nombrado el deán D. Roque A. Céspedes en calidad de Vicario General de la iglesia, debiendo obrar en un todo de acuerdo con el dictador, al extremo de no ser válida la profesión religiosa de no estar munida del consentimiento del Gobierno. Se incautó de los bienes de la iglesia; disolvió las conventualidades secularizando a la mayoría de los componentes “para convertirlos en personas útiles al Estado”. Dictó reglamentos haciendo del Clero en general un instrumento del Gobierno. De los españoles.
Los españoles residentes en Asunción y en otras Villas, se dedicaban preferentemente al comercio. Como es lógico, no gustaban de las trabas y reglamentos que la disciplina del Dictador imponía al país en general. También les costaba avenirse en ser segundones de un lugar que consideraban provincia sobre la que creían tener legítimos derechos, lo que hacía que solapadamente resistieran todas las órdenes impartidas del Gobierno, aprovechando cualquier hecho o circunstancia para manifestar su descontento en forma de acerbas críticas. Esta oposición latente a la política del doctor Francia debía llevar a un desenlace desagradable. Así fue que, primeramente, algunos fueron castigados por sembrar la alarma y discordia; más tarde, por asegurar que la dictadura del doctor Francia, tendría vida efímera ya que pronto rodaría su cabeza por el suelo, fueron ejecutados Juan de los Ríos y Leonardo Guerra. Finalmente, se ordenó a todos los peninsulares reunirse en la plaza pública, una vez en ella, el Secretario de Estado, Martínez, les comunicó: que no se les ejecutaba debido a que Su Excelencia no deseaba derramar sangre, no porque el desprecio con que trataban a los naturales, así como su infidelidad al Estado y país en que vivían no lo mereciera. Estos cargos contra los españoles determinaron su encarcelamiento (unos 300 hombres en total) por más de un año y medio ; muriendo en este tiempo entre algunos de ellos el ex-gobernador Velazco. En enero de 1823 recobraron la libertad, después de haber abonado una multa colectiva de 150.000 $ que les fue impuesta por el Gobierno. Luis Baliar da Bigaire
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Este sistema de multas o contribuciones forzosas, que en la actualidad aplican gobiernos de distintos países, era ya común en aquella época. Así, en la Argentina las vemos aparecer con alguna frecuencia: el 8 de junio de 1815 por decreto se ordena un empréstito forzoso de 200.000 $ a repartir entre los comerciantes europeos sin distinción de clases; otra suma igual el 10 de enero de 1816, para atenciones de carácter militar, que debían también satisfacer los españoles y extranjeros en general. En el Paraguay, en cambio, no aparecen nuevamente hasta transcurridos muchos años. El dictador había prescindido de los españoles para cualquier empresa que tuviera carácter nacional; creyó más conveniente a los intereses del país hacerles concurrir a su desenvolvimiento y progreso mediante prestaciones de carácter económico. Así, en varios decretos, durante los años 1834 y 1835, les obligó a abonar al Estado sumas que conjuntamente no llegan a 28.000 $. Para entregar este dinero les otorgó unos plazos determinados. Siendo la suma bastante modesta y el reparto proporcional a los intereses que poseían cada uno, parecería que los españoles con facilidad debían llenar su obligación, pero no fue así para todos, ya que algunos pidieron prórroga para efectuar el reintegro, prórroga que les fue concedida por Su Excelencia sin que fueran tomadas por esta causa represalia alguna. En 1838, se llevó a cabo otra recaudación extraordinaria pero destinada solamente a unos pocos acaudalados comerciantes, la suma, también exigua, cerca de 20.000 pesos. Por lo demás, los españoles, al no mezclarse ni criticar los asuntos del Gobierno, acatando sus, para ellos, rigurosas leyes, gozaban de vida tranquila sin roces ni molestias. Primer intento de conspiración.
El Congreso de las Provincias Unidas celebrado en Tucumán el 9 de julio de 1816, resolvió por unanimidad “recuperar los derechos. e investirse del alto carácter de una Nación libre e independiente del Rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli. ” Después de ésta declaración de independencia, el Congreso nombró director del Estado a Pueyrredón, hombre instruido y valiente, relativamente joven y de ardiente patriotismo. Las dificultades que tuvo que afrontar y que intentó resolver fueron múltiples y de todos los órdenes, desde el interior al exterior. El país empobrecido y anarquizado se desangraba con luchas y divisiones constantes; parte del ejército soportaba un estado tan calamitoso, como lo retrata el oficio de Belgrano dirigido al Gobierno : “Yo mismo estoy pidiendo prestado para Luis Baliar da Bigaire
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comer. La tropa de Güemes, es tá desnuda, hambrienta y sin ropa como nos hallamos todos.” Pero a pesar de todo esto y de sus luchas contra Artigas y preparaciones de ejércitos para emplear en nuevas misiones, a Pueyrredón le sobró iniciativa y tiempo para pensar en la necesidad de comenzar trabajos tendientes a restituir el Paraguay al seno de las Provincias Unidas como ex-parte del Virreinato del Río de la Plata. Con ésta consigna, en 1817, envió para Asunción al paraguayo Coronel Balta Vargas, pero, este Coronel bien pronto demostró que juntaba a la indiscreción su poco tacto. Parece ser que a poco de llegar hizo pegar por las esquinas de las calles asunceñas caricaturas del dictador y que, en vez de efectuar una labor de zapa como solían hacer los enviados de esta especie, se cuidó bien poco al hablar, por lo que pronto fueron del dominio público sus intenciones y con ellas por orden del doctor Francia fue a parar con sus huesos a la cárcel. No se llegaron a descubrir cómplices de este enviado. Conspiración.
Llegaron a oídos del dictador repetidos avisos de que su primo y copartícipe en el finido Consulado Don Fulgencio Yegros, estaba tramando una conspiración para derrocarlo del poder. El doctor Francia no quis o hacerse eco de las denuncias recibidas, más bien y para acallar los rumores, creyó conveniente invitar a Yegros a trasladarse a la ciudad de Asunción ya que viéndolos juntos desvirtuarían toda maledicencia. Yegros aceptó la invitación y abandonando su residencia en la campiña, se instaló en la Capital. Mas, esta noble actitud del dictador no fue suficiente para hacer desistir de sus propósitos a los seudo revolucionarios. La conspiración siguió en toda su potencia. Los conjurados se reunían en casa del doctor Marcos Baldovinos sin reparar en que ya eran objeto de vigilancia. Así, en la primera noche de Semana Santa de 1820 y a la salida de la reunión, fueron detenidos algunos de ellos con don Pedro Montiel a la cabeza. Don Juan Bogarín que era uno de los asiduos concurrentes a la vez que comprometido, al enterarse de la prisión de sus amigos, no buscó otro consuelo que el que le debía proporcionar la confesión. Con este fin reclamó los auxilios del Sacerdote Anastasio Gutiérrez, revelándole el plan que tenían de asesinar, el día Jueves Santo por la tarde, al dictador para sustituirlo en el poder por don Fulgencio Yegros. Azorado por esta nueva, el P. Gutiérrez, le indicó la buena acción que sería evitar la pérdida de una vida y que por lo tanto le recomendaba que sin pérdida de tiempo previniera al dictador. Así lo hizo el débil Bogarín, dando el nombre de todos Luis Baliar da Bigaire
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los comprometidos, que inmediatamente por orden del Gobierno fueron encarcelados y engrillados junto con su delator. Entre tantos desafortunados se encontraron algunos de los paraguayos de más relieve: Fulgencio Yegros, el Cte. Montie l, los hermanos Aristegui, los Acosta, varios Montiel, el Comandante Antonio Tomás Yegros, el Comandante Caballero. Después de efectuadas las primeras detenciones y de habilitar dos casas como cárceles, medida indispensable por la poca capacidad de la prisión en relación a los presos que debía albergar (llegando 178 en un mes), se leyó en la plaza un bando, en el que el Supremo Gobierno prometía un castigo ejemplar para aquellos enemigos del Paraguay que a base de asesinatos querían sustituir la Jefatura del Estado para, entregar al país en manos de sus cómplices extranjeros. Desenlace que solían tener ésta clase de hechos.
En el siglo pasado, para los que incurrían en el grave delito de conspirar sin triunfar, solía haber una sola pena, que era, la que generalmente ellos aspiraban aplicar al que deseaban sustituir, la de muerte. Los ejemplos de estas rigurosas medidas que encontramos en cualquier libro de historia son numerosísimos; tendiente a refrescar la memoria copio a continuación el artículo tercero del decreto de fecha 28 de marzo de 1815 firmado por el director Alvear: “Todo individuo sin excepción alguna, que directa o indirectamente, trate de seducir a los soldados o promueva la deserción de los ejércitos de la patria, será pasado por las armas dentro de veinticuatro horas”. Sin recurrir a los decretos y ejecuciones dictadas por quienes las leyes les otorgaban este derecho, encontramos también que innumerables jefes o jefecillos se abrogaron de hecho a dictar tales sentencias. Reseño a continuación el curioso caso del General Espartero, ocurrido cuando sólo era Comandante y prestaba sus servicios en las guarniciones del Perú. Debido a una serie de hechos, en los que se hallaban perfectamente aquilatadas la inteligencia y la valentía, Espartero ascendió a Comandante siendo el Capitán más novel entre sus camaradas. Algunos, par este ascenso se sintieron postergados. Al frente de ellos el Capitán Barón de Nordenflich a quién al faltarle la ecuanimidad; su estrecha mente confundiendo los méritos de Espartero no supo aceptar noblemente el valer ajeno; bajo esta influencia, preparó el asesinato del flamante Comandante. Espartero, avisado por un Sargento, no se inmutó al saber tales intenciones sino que le ocurrió todo lo contrario ; para hacer caer a sus enemigos en una celada concibió la idea de invitarlos a una cena. Llevó a cabo su idea y al final del espléndido ágape, después de haber conversado en franca camaradería, sacó sus Luis Baliar da Bigaire
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pistolas increpándoles por sus atrevidas e inmotivadas intenciones, a continuación y con la ayuda de centinelas que aguardaban en las habitaciones contiguas llevóselos a las afueras de Oruro para fusilarlos. Después de haber sido pasado por las armas el Barón, llegó la orden del General en Jefe prohibiendo este acto, de lo contrario, como manifestaba años más tarde Espartero, pocos habrían escapado al rigor de su medida. A pesar de lo extremo de estas penas, Espartero, fue unos de los hombres más liberales de su época, llegando, por su inteligencia y rectitud, a escalar los más altos cargos incluso la Regencia de España. Volviendo a la conspiración de Yegros y sus amigos; el Dr. Francia, no quiso proceder con la celeridad que requería el caso por temor a errar. Mandó instruir un sumario para corroborar las pruebas que le proporcionaban las declaraciones de Bogarín y otros conjurados de menor significación, para, con la calma que requieren las grandes decisiones, proceder con la justicia que necesitaba su patria para que en ella fueran durables la paz y tranquilidad indispensables para el progreso de los pueblos. Magnanimidad del Dr. Francia con el Gral. Artigas.
Mientras se instruía el sumario, pidió asilo al dictador el General Artigas, cuando después de innumerables luchas por su ideal democrático – en Uruguay y Provincias Argentinas – el General Artigas se vio derrotado. Después de que lo abandonaran sus más adictos Tenientes; entre ellos Rivera que lo hizo acompañando a su acción la célebre frase “la revolución les prometió un paraíso y les dio un infierno”. Perseguido de cerca por su Teniente Ramírez, ese hombre que difícilmente se habría formado sin él y que ahora caído el jefe, lo acosaba sin darle respiro. Artigas, en las proximidades de San Borja, comprendiéndose perdido totalmente y que de la lucha contra Ramírez sólo podría esperar la muerte, escribió larga carta al Dr. Francia dictador del Paraguay. El, que buena parte de su vida, la tenía invertida en proclamar las excelencias del régimen más opuesto al del dictador, le pedía gracia en un momento de vida o muerte. “Desengañado de las defecciones, traiciones e ingratitudes” de que ha sido objeto, le ruega un lugar, aunque sea un bosque, donde pasar el resto de sus días con la gente que le acompaña. Así habla el protector de los pueblos libres cuando apenas cuenta 56 años; al sentirse acosado, olvida sus veleidades – y su plan anterior para – usando como medios la revolución y sus fuerzas – sustituir el régimen instaurado por el Dr. Francia. Luis Baliar da Bigaire
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El Dr. Francia en este tiempo – septiembre de 1820 – no tenía la certeza de que Artigas hubiera intentado nada contra de él; indicios posiblemente los tenía, pero más que nada serían de habladurías de Artigas, ya que este había sido bastante cortés en su correspondencia con el dictador. El 5 de septiembre le franqueó la entrada al país, haciéndole escoltar por un oficial y 20 Húsares hasta Asunción, donde le facilitó albergue y sustento, para él y sus sirvientes, ya que su estado era tan pobre como lo refleja el que al cruzar el Paraná llevara por todo equipaje “una chaqueta colorada y una alforja”. Momentáneamente lo internó en el Convento de la Merced en Asunción, hasta que a ruegos de Artigas, que no estaba acostumbrado a la inactividad física, le fijó como residencia la Villa de Curuguaty, lugar donde podría gozar de cierta independencia de movimiento. A pesar de sus ofrecimientos, el Dr. Francia no quiso aceptar los servicios del General Artigas como militar. Francisco Ramírez.
Una de las frases atribuidas a Goethe dice: “nada enturbia la mirada de pensador como el espíritu de secta” Ahora bien, si un pensador puede albergar sectarismo, ¿qué no hará un hombre rústico como Ramírez? Así vemos, que al desaparecer su presa tras la frontera paraguaya, ya no titubea en solicitar del Dr. Francia la extradición de su antiguo jefe y aliado. Pero el Dr. Francia, con elevado criterio rechazó el pedido. El astuto Ramírez, al ver la negativa del dictador, quiso ganarlo por otros medios: le ofreció un Tratado de amistad y cooperación, haciéndole un adelanto de su buena voluntad al remitirle, custodiado por dos oficiales, a su Secretario y a un irlandés llamado Campbell. Ambos personajes se habían distinguido en época anterior, bajo las órdenes de Ramírez y Artigas, como hábiles corsarios y entre sus presas se contaban algunas embarcaciones paraguayas o dirigidas al Paraguay. El Dr. Francia, no se inmutó por el presente, limitándose a encarcelar a los oficiales de Ramírez y a los dos conducidos dejarlos sometidos a vigilancia. Ramírez que se creía poco menos que omnipotente, al sufrir este nuevo desaire, comunicó a los gobernadores argentinos firmantes con él del Tratado del Pilar, que se aprestaba a conquistar el Paraguay para incorporarlo a las Provincias Unidas. El Dr. Francia, que por distintos conductos supo la acumulación de fuerza que hacía Ramírez, tomó precauciones para defender el suelo patrio. Prohibió la emigración e inmigración, organizó un ejército considerable, destacando a más de 2.000 hombres en Villa del Pilar, reforzó las guarniciones fronterizas, y mandó ejercer vigilancia por todos los caminos y senderos. Gracias a estas precauciones pudo detener un chasque que conducía correspondencia de un comandante de Luis Baliar da Bigaire
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Ramírez, apellidado Cáceres, dirigida a los conspiradores paraguayos, alentándoles, a la vez que les notificaba, bien pronto estarían terminados los preparativos para invadir al Paraguay y efectuar la obra que en común se proponían. Interrumpieron los sueños de conquista albergados por Ramírez, el desaire que le causaron los gobernadores de Santa Fe y Buenos Aires al firmar un Tratado con la garantía del gobernador de Córdoba, sin contar con su intervención. Prefirió llevar la guerra contra sus antiguos aliados, en vez que la conquista del Paraguay. Esta guerra que emprendió, tras la suerte alternativa de las armas, costó la vida a este notable caudillo. Desenlace de la conspiración Paraguaya.
La disposición de Ramírez contra el Dr. Francia no tuvo otro efecto, que poner en manos del dictador las pruebas de que existía realmente la conspiración, así como, de la inteligencia del caudillo entrerriano con los encausados. Este hecho exasperó al Dr. Francia; él que creía proceder bien, que todo lo sacrificaba por la independencia de su patria, que hacía reinara la paz cuando las otras provincias no eran sino un semillero de anarquía y discordia, él, que no molestaba a sus amigos, ¡que le pagaran así! Yegros su pariente por vía materna, que se prestara a presidir un gobierno sobre su cadáver; estos y otros razonamientos muy naturales, turbaron su ánimo. Ordenó inmediatamente que fueran activadas las diligencias y que si fuera necesario, sin excepción, se sometiera a los encarcelados a la pena de los azotes y aún tormentos, hasta saber la verdad. El Comandante Bejarano, como Juez, principió su actuación. Sucedieron horas de angustia y dolor para todos. El negro Simón, esclavo del Dr. Baldovinos, murió en el suplicio. El Comandante Caballero, otrora tan amigo del dictador, prefirió ahorcarse en su celda a afrontar una situación tan dispar con su caracterizada hombría. Yegros sufrió cincuenta azotes sin confesar. Así fueron desfilando, uno a uno, por el cuarto de la verdad o de justicia como era llamada la habitación de los suplicios. Finalmente, entre las pruebas escritas y las confesiones arrancadas, llegó a tener el dictador material suficiente para juzgar. Con la dureza de corazón que requiere, lo que entendía por cumplimiento del Los primeros en caer bajo el fuego de un pelotón, fueron: Yegros, el Comandante Montiel, Don Juan Aristegui, más cinco compañeros de infortunio. Luis Baliar da Bigaire
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El día siguiente, dejaron de existir por el mismo medio, el Dr. Marcos Baldovinos, su hermano, el Teniente Latorre y cinco más de los conjurados. Así fueron sucediéndose los fusilamientos en este horrendo mes de julio de 1821, hasta llegar a un total de 68 cadáveres. ¡Que desagradable conspirar y perder! Pero cuanto más triste no ha de ser, para asegurar la tranquilidad de un país, cargar la conciencia con tantas sentencias de muerte! El patio de las ejecuciones, contiguo a la habitación del Dr. Francia, dejó de estremecerse hasta el mes de octubre en que dos nuevos complicados aumentaron la lista. Por lo demás, aunque los procesos duraron hasta fines del año 1824, los complicados sólo fueron deportados, para purgar sus penas, a la Colonia Penal de Tevegó, eso en los casos en que fue probada su culpabilidad. Recto comportamiento del Dr. Francia.
El temperamento sin dobleces de Francia fue el que hizo fusilar a sus ex- compañeros, sin considerar que tanto habían actuado en favor de la independencia patria. El que no tuviera consideración ni a sus parientes, es debido a su temperamento inflexible. El doctor Francia actuó en todos los casos con antecedentes sobrados para aplicar penas aún mayores que las aplicadas, sobre todo cuando los encausados eran de alguna significación. Un caso típico de su justicia recta es el del Coronel Cabañas. En las declaraciones hechas por Juan Crisóstomo Villalba y Francisco Antonio Ald ao, en 1822, se encontraron suficientes elementos de juicio para darle fin a la vida de Cabañas; pero el dictador no los estimó bastantes, por carecer de las pruebas necesarias y ordenó su archivo. Más tarde, en 1833, revivió este asunto por otros indicios que fueron suficientes; con la muerte de Cabañas, el Estado se hizo de unos documentos comprometedores que dieron luz completa. La intervención del Coronel Cabañas en la frustrada revolución quedó demostrada, también su connivencia anterior (1815) con Artigas y la misión que éste tenía asignada de levantar tropas cuando llegara la invasión. Entonces es cuando el dictador castiga a Cabañas, en su memoria y en sus bienes, ya que su persona está en el sepulcro. En agosto de 1833, por considerar al Coronel Cabañas “un traidor a la Patria y al Gobierno, manteniendo correspondencia con el malvado caudillo de bandidos y Luis Baliar da Bigaire
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perturbadores de la pública tranquilidad José Artigas por cuya prevención se encargó de reunir y aprontarle gente de auxilio, cuando viniese según sus ridículos ofrecimientos a tomar la República, llevar la cabeza del dictador.” se le declaran confiscados todos sus bienes en favor del Estado y el título de Coronel de que era poseedor, será rasgado por considerársele indigno del mismo. Los bienes pertenecientes a su mujer doña Juana I. Franco, por herencia de Cabañas, fueron confiscados por considerársela cómplice “encubridora de la perrada de su malvado traidor marido”; fue así condenada, porque ella usaba de la influencia que le valía conocer esta debilidad del marido, ya que según declaración: “se le había insolentado, y lo tenía amilanado y humillado por temor a que vociferase y publicase su descomunal delito”. Economía interna.
La minuciosidad que empleaba el dictador en cuidar los más mínimos detalles de todo su aparato gubernamental, paulatinamente, la fue extendiendo a las ramas de la producción nacional. El Paraguay de aquel entonces vivía en torno a su agricultura y ganadería; ya que las industrias explotadas en el país eran más bien de tipo casero y de producción destinada a satisfacer las necesidades más perentorias, con todo, como hemos dicho en capítulo anterior, también sufrieron impulso. El agricultor paraguayo, al desarrollar su labor en tierra tan feraz, sin esfuerzo lograba una cosecha suficiente para cubrir sus necesidades. Además, debido al clima y al ambiente, se sentía satisfecho, prefiriendo por lo general sostener en sus manos una bombilla para tomar mate a una azada o arado, ya que bajo el sol tan ardiente, trabajo así pesado le parecía más propio de esclavos que de hombres libres. El Dr. Francia, hombre de una capacidad de trabajo poco común, mal se avenía a la dulce vida contemplativa de sus paisanos; como hemos visto antes, gustaba de perseguir a los vagos y haraganes en general. A sus campesinos les dictaba normas, como es la curiosa obligación que pesaba sobre cada uno de ellos de sembrar alguna porción de trigo, lo que traía como consecuencia un fuerte excedente en el país de este cereal. También procuraba que diversificaran los cultivos, con lo que, consiguieron producir en cantidad más que suficiente para bastarse a sí mismos. El año 1819, rompió el ritmo de trabajo establecido una enorme plaga de langosta que infestó el país asolando las plantaciones. Esta calamidad no arredró al dictador, que ante el estupor del pueblo ordenó efectuaran una nueva siembra. La cosecha que produjeron los arrasados campos, fue tan ubérrima que le granjeó la admiración y respecto de todos por su sabia medida, quedando desde entonces Luis Baliar da Bigaire
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probado, que las fértiles tierras paraguayas son capaces de producir dos veces cada año. Al exceso de producción agrícola se juntaba el de la ganadera. La ganadería en el Paraguay había encontrado un campo muy propicio por los ricos pastos que poblaban buena parte de sus regiones. Por otra parte, la tranquilidad en que vivía la República, no hacía necesarios los sacrificios inútiles que se perpetraban en los países vecinos al temer que una hacienda cayera en manos de las facciones enemigas en lucha. El dedicarse todo el país al trabajo, y el reproducirse los animales sin interrupción, hacía que los excedentes de producción a consumo fueran notables y por lo tanto que su comercio preocupara al dictador. Comercio Exterior.
Como consecuencia de la superproducción apuntada, el país tenía necesidad de exportar los productos de su fértil suelo y de su prolífica ganadería. Los inconvenientes con que se tropezaba para el comercio eran enormes, debido a que, el único camino económicamente practicable era el río. Los caminos que conducían por tierra hasta los centros de intercambio de los países vecinos eran largos y la mayoría de las veces erizados de peligros, por las partid as revolucionarias que solían infestar los lugares. El inconveniente que presentaba el río era solamente durante el largo recorrido en que bañaba la tierra de las provincias argentinas, debido a la inestabilidad de los gobernadores de las mismas, el continuo estado de convulsión en que se hallaban y los apetitos de todos los gobernantes argentinos dirigidos a querer conquistar o subyugar el Paraguay. Cuando había revuelta, ella excusaba la aprehensión de embarcaciones, hechas por los que tenían patente de corsario o simplemente, por los caudillos que podían llegar hasta la cubierta de los barcos. Si no había revolución, era tan escaso el tiempo que transcurría en paz, que los Ocurría también como en el año 1828, en que Estanislao López que era Gobernador de Santa Fe se quedó con un cargamento de armas dirigido al Paraguay, con la excusa de que, como era posible que el Paraguay concertara una alianza con el Brasil para combatir a la Argentina, estas armas servirían para luchar contra sus connacionales. Las represalias que tomó el dictador en este caso del gobernador de Santa Fe, fueron terribles: tras largas comunicaciones a Estanislao López, de las que este no hizo caso, mandó encarcelar a todos los santafecinos que residían en Asunción, los Luis Baliar da Bigaire
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que quedaron como rehenes de las armas apropiadas. De estos infelices, salieron de la cárcel únicamente los que quedaban con vida cuando ocurrió la muerte del dictador. Estas difíciles circunstancias en que se veían obligados a operar los comerciantes, con todos los riesgos para sus cargamentos, algunas veces perdid os sin poderlos rembolsar, hacía que exigieran por sus mercaderías altos precios, remuneradores de sus sacrificios y penurias. Por otra parte, como no eran muchos los que se atrevían a trasladarse con valiosos cargamentos, los que lo hacían eran bien mirados y respetados por el dictador, que procuraba animarlos para que siguieran en su labor. A pesar de todos los buenos tratos que les otorgaba, y de que cuidaba fueran cumplidos escrupulosamente los trueques de productos, según las épocas, era casi nulo el tráfico con el extranjero. La escasez de operaciones fue la causa de que la mayor parte de los comercios paraguayos dejaran de existir, por lo que el Estado se vio forzado a llenar ésta función. Ahí se destacó nuevamente la rectitud y meticulosidad del Dr. Francia; él revisaba las compras de la Tienda del Estado de la misma manera que procuraba la puntualidad en los pagos que se hubieran acordado, respetando siempre lo derechos de los comerciantes; esta Tienda, servía primeramente para surtir a las fuerzas del ejército. El comercio con el exterior, estaba limitado a puntos determinados según proviniera la importación, ya era Itapúa ya Villa del Pilar u algún otro, y la base para operar era el intercambio, así obligaban a los comerciantes a que se llevaran los frutos del país; solamente permitía la salida de oro y plata en la cantidad equivalente a los pagos efectuados por armamentos. No todos los paraguayos estaban autorizados a tratar con los comerciantes extranjeros; comprendiendo la importancia que tenía para su país el que llegaran a sus puertos naves extranjeras, el Dr. Francia, ordenaba a sus delegados cuidaran mucho de que fueran bien íntegras las personas autorizadas, que el que tuviera esta facultad, además de muy honesto, fuera “buen servidor de la Patria y adicto a la sagrada causa de la libertad”; este último requisito era para evitar que, al amparo del trato que proporcionaba el comercio, se infiltrara la semilla de la anarquía, de la que tanta abundancia había en toda Sudamérica.

Source: http://www.bvp.org.py/biblio_htm/baliarda_francia/baliarda_francia08.pdf

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